jueves, 7 de junio de 2012

Un sueño realizado (II entrega)


Juan Carlos Onetti
por Antonio Muñoz Molina
"Inmediatamente me puse a buscar algún libro de aquel hombre, Onetti. Pero no era fácil encontrarlos. Logré por fin, en el Círculo de Lectores, un volumen de cuentos, y poco después una edición argentina de La vida breve. El astillero, que estaba milagrosamente publicado en la colección Libros TVE, lo sustraje sin remordimiento de la estantería de un conocido, que poseía la colección completa e intacta, aritmética, alineada en un solo anaquel, en el mismo mueble de formica que ocupaba una pared entera y en el que estaba empotrado el televisor.
Desde entonces no he parado de leer a Onetti: en cerca de veinte años ésa es una de las pocas cosas que no han cambiado en mi vida. Han dejado de gustarme la mayor parte de los libros que me apasionaban y he perdido, afortunadamente, casi todos los entusiasmos políticos que me idiotizaban entonces, detesto casi todas las películas que veneraba en aquellos años, he cambiado de amigos, de ciudades, de trabajos y de lealtades sentimentales, así que uno de los pocos rasgos que me unen a quien fui y ya no soy es la lectura de Juan Carlos Onetti, y casi la única cosa que me sigue acompañando de todas las que poseía en los tiempos en que empecé a leerlo es ese ejemplar de sus Cuentos Completos que adquirí en el Círculo de Lectores: un libro de tapas negras, de letra muy pequeña y de hojas que se van volviendo amarillas, firmado y fechado en la primera página con aquella ambición de propiedad con que uno atesoraba entonces los pocos libros que podía comprarse, en un tiempo que visto ahora casi parece otra época: diciembre, 1975.
He leído muchas veces cada uno de esos cuentos. Algunos de ellos no sólo han influido en mis ideas sobre la literatura y han modelado mi propia forma de escribir y de imaginar la ficción: El infierno tan temido, La cara de la desgracia, La casa en la arena, Bienvenido, Bob, Un sueño realizado, forman parte no sólo de mi herencia literaria, sino de mi propia vida, me la han acompañado, me la han amargado, la han nutrido, me han servido para comprender lo que estaba viendo fuera de los libros, para conocer la ternura y tener miedo de la desolación. Cada uno de esos cuentos ha ido cambiando a medida que yo cambiaba, se ha modificado según los estados de ánimo, según los lugares en los que lo leía, según los avatares de mi vida y de mi propia experiencia de escritor. A los veinte años, tendido en la cama de un cuarto de pensión, desvelado y fumando —actitud, como se ve, canónicamente onettiana— leía El infierno tan temido y acababa devastado, con esa intensidad de aniquilamiento con que pueden golpearnos a esas edades los libros. A cada lectura el entusiasmo ha sido idéntico, sin conocer nunca la decepción, sino exactamente la alegría inversa de comprobar que no sólo me seguían gustando esos cuentos, sino que me gustaban mucho más que antes, que podía adentrarme mucho más hondamente en ellos a medida que iba adentrándome en mi propia vida. Palabras como amor, compasión, ternura, gratitud y piedad significarían para mí cosas muy distintas si no las hubiera leído muchas veces en Onetti: la lectura de sus cuentos es una experiencia íntima y decisiva, una presencia delicada y permanente en mi vida, en la manera en la que miro el mundo y en la que imagino y escribo los libros.
Pero no cuento estas cosas por hablar de mí mismo, sino para definir, a través de mi testimonio de lector, la clase de atracción que ejerce la literatura de Juan Carlos Onetti, o el tipo de lectura fiel y de atención apasionada que exige. Hay escritores a los que uno admira como se admira un edificio o una estatua, con reverencia, pero sin intimidad: son los escritores que parecen dirigirse a nosotros en público, como si formáramos parte de la multitud que los escucha de un modo no muy distinto a como puede escucharse a un divo de la ópera. Con Onetti ocurre lo contrario: no es sólo que al leerlo tendamos a pensar que esas palabras están escritas únicamente para nosotros, es que sentimos que estamos asistiendo, con impudor, por milagro, a una narración que existiría igual si no la conociera o la escuchara nadie. Intuiciones parecidas pueden encontrarse en la pintura o en la música: hay canciones, y sinfonías, y cuadros, que se exhiben enfáticamente delante del espectador, que lo halagan, que aspiran descaradamente a seducirlo, a maravillarlo o abrumarlo. Los retratos de Van Dyck, por ejemplo, o ciertos sinfonismos montañosos del siglo xix. Los reyes y los aristócratas ingleses a los que retrataba Van Dyck nos miran desde arriba, desde su jerarquía absolutista, desde su desprecio: cuando es Velázquez quien pinta, un rey que es el dueño del mundo está tan solo y es tan vulnerable o tan digno como un pordiosero o un bufón. Velázquez es grande porque respeta y sugiere el secreto humano de sus personajes: nos miran y parece que se están mirando en un espejo, de esa manera en la que uno mira cuando sabe que está solo. En la música de Fauré, en las Variaciones Goldberg, en los solos de piano de Bill Evans, en la voz de Bessie Smith o de Dinah Washington, nos parece que estamos sorprendiendo un milagro que no precisaba de nosotros ni de ningún testigo para existir. Esas formas supremas del arte crean a su alrededor como un espacio íntimo, como una campana de cristal en la que es preciso encerrarse a solas para comprenderlas: delimitan el espacio y el tiempo alrededor de ellas mismas.
Igual sucede con Onetti. La atención normal, siempre algo distraída, que dedicamos a los libros, incluso a algunos de los que más nos gustan, no sirve delante de los suyos. A Onetti hay que leerlo tensando hasta un grado máximo las destrezas usuales de la lectura, igual que se escucha una música de la que no hay una sola nota que no importe o que se vive un encuentro memorable del que uno quiere apurar sin distracción cada segundo: sus páginas no se agotan nunca, y cada frase vuelve a surgir con tal delicadeza y poderío, con una intensidad tan exaltadora o tan insoportable, que siempre nos parece estar leyéndola por primera vez. Leer a Onetti no es difícil, según dice una superstición idiota: tan sólo exige lo que debería exigir siempre la lectura, una atención incesante, un ensimismamiento que cancele cualquier otro acto, que suprima el mundo exterior. La mejor o la única manera de leerlo es echado en la cama, con mucho tiempo por delante, con una absoluta predisposición de soledad y pereza. Aprenderemos a descubrir sentimientos inéditos, estados de ánimo que formarán parte del repertorio común de nuestra vida pero que tendrán para siempre la tonalidad del estilo de Onetti: conoceremos la dulzura triste, el desengaño ilusionado, la desesperación tranquila, la compasión cruel, los placeres de la mentira y las potestades furiosas de la verdad; percibiremos las cosas a rachas, en fragmentos, bajo una luz oblicua, modificadas o falsificadas por el recuerdo, mejoradas por el olvido, como esas estatuas antiguas que perfeccionó la intemperie; nos estremecerá la juventud con su milagro tan inmediato y sutil como el de la palpitación de un músculo y nos dará asco y terror y lástima la vejez. Encontraremos las palabras exactas y atroces del desengaño («Figúrense ustedes el pesar creciente, el ansia de huir, la repugnancia impotente, la sumisión, el odio») y las que nombran el arrebato del amor y su promesa de sufrimiento y de felicidad: «Te agarra a traición, como algunas muertes. Y ya no hay nada que hacer, ni patalear ni querer destruir. Porque no se sabe si es una cosa que te golpeó desde afuera o si ya la llevabas como dormida y a veces creíste que estaba muerta para siempre. Y qué pasa entonces. Que la llevabas adentro y sin aviso alguno en un minuto salta y se te derrama por todo el cuerpo y hay que aceptar y todavía peor, hay que alimentarla y hacer que cada día aumente las fuerzas, obligarla a que te haga sufrir más».
Leyendo a Onetti uno va sin darse cuenta convirtiéndose en uno cualquiera de sus personajes.
Un hombre solo en una habitación, echado en la cama, o de pie detrás de una ventana, o acodado en un balcón; un hombre o una mujer que caminan perezosamente por la calle imaginando cosas; alguien, hombre o mujer, sentado en la mesa de un bar, junto a las cristaleras que dan a una plaza, que suele ser la plaza de una ciudad fluvial y provinciana llamada Santa María; alguien echado a la sombra en el mirador de una casa frente al mar, viendo acercarse desde lejos una figura; alguien que cuenta a otra persona una historia, generalmente embustera: con nombres diversos, con peripecias anteriores o posteriores sutilmente monótonas, esas figuras de gente solitaria que casi no hace nada más que observar y mirar o atribuirse, a solas o delante de otros, vidas falsas constituyen los puntos de partida en torno a los cuales crecen las narraciones de Juan Carlos Onetti, sean éstas novelas o relatos, que da igual: las divisiones académicas, las minucias sobre los géneros, sobre lo mayor y lo menor, con casi ningún otro autor se vuelven tan inútiles como con Onetti, en parte porque ha cultivado siempre, con igual lealtad, la novela y el cuento, y en parte sobre todo porque en ambos casos ha alcanzado por perfecta regularidad la maestría."
Continuará

3 comentarios:

  1. Me desbordó la emoción. Hasta podría ser literario, un apéndice de mí mismo que se lee a su vez, recorriendo su historia y el presente ensimismado contamplando el pasado. un cuento de Onetti, un cuento cortaziano. Me explico: tenía la misma edición de cuentos, empecé a leer sus textos novelísticos con El Astillero. Pasaron más de veinte años y siempe me dejo un resquicio para leer algo de Onetti. Pucha, si parece un poco mi vida....Gracias. Besos.

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  2. Mi primera lectura de Onetti fue Dejemos hablar al viento, un volumen bastante roto que regalaban acá con un periódico, y quizás por eso no le dediqué mucha atención, lo dejé languidecer en el estante unos años, ocurre que a veces nos arrimamos a un libro sin saber nada de él, ni del autor, ni de la conmoción que provocará. Recuerdo que la primera lectura se dilató muchísimo, no podía evitar detenerme en cada frase, hasta el punto de acabarlo y casi no haber prestado atención a la trama. Lo volví a leer nada más terminar. Convertirse, como dice Molina, en uno de sus personajes, es un riesgo evidente, que trato de evitar. Las palabras de Onetti vienen acompañadas por una tristeza inherente, tácita, que se contagia inevitablemente. Tan inevitablemente como seguir leyéndolas.

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  3. fue como leer mi más tierna juventud...de esa manera azorada y desatada leí a onetti, yo también tengo ese libro del círculo de lectores...

    como le contaba, en mi taller estábamos leyendo a onetti...el jueves fue "bienvenido, bob"

    besos,rochies*

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